A simple vista, un humedal costero puede entenderse por su paisaje, su biodiversidad o por el agua que define buena parte de su ecosistema. Pero una de sus funciones más relevantes y que poco se habla frente al cambio climático es bajo la superficie.
En sus suelos pueden acumularse grandes cantidades de carbono durante siglos e incluso miles de años. Ese almacenamiento, conocido como carbono azul, convierte a los ecosistemas costeros en una actor relevante para la mitigación del cambio climático y la conservación.
Ese fue parte del trabajo que llevó al equipo de HuellaSmart hasta el humedal de Monkul, en la comuna de Carahue, Región de La Araucanía, como apoyo a una iniciativa de la Seremi del Medio Ambiente orientada a estudiar el carbono azul presente en este ecosistema.
El trabajo en terreno permitió mirar la gestión del carbono desde un lugar distinto: no desde las emisiones generadas por una empresa, sino desde el carbono que un ecosistema es capaz de almacenar.
¿Por qué los humedales pueden almacenar carbono durante tanto tiempo?
La vegetación captura CO₂ a través de la fotosíntesis y parte de ese carbono termina incorporándose al suelo mediante raíces, restos vegetales y sedimentos. La diferencia está en las condiciones bajo las cuales ese material queda almacenado.
Los suelos de los ecosistemas de carbono azul permanecen saturados de agua y presentan condiciones con poco o ningún oxígeno. Esto hace que la materia orgánica se descomponga lentamente y permite que el carbono permanezca atrapado durante períodos mucho mayores que en otros ecosistemas. El manual internacional de Carbono Azul señala que el carbono almacenado en estos suelos puede permanecer allí durante siglos o miles de años.
Fernando Medina, CEO y fundador de HuellaSmart, lo explica así: “la vegetación captura el carbono y el suelo saturado de agua, con poco oxígeno, hace que la materia orgánica se descomponga muy lento. Por eso estos ecosistemas pueden guardar grandes cantidades de carbono durante siglos.”
Pero esa capacidad también tiene una contraparte: cuando estos ecosistemas se degradan, parte del carbono almacenado puede volver a liberarse.
Por eso conservar un humedal no significa solamente proteger lo que puede capturar en el futuro. También implica proteger el carbono que ya lleva años acumulado en sus suelos. La alteración de la vegetación, el drenaje o los cambios en el uso del suelo pueden exponer ese carbono al oxígeno y generar nuevas emisiones de gases de efecto invernadero.
Medir una huella y medir un ecosistema no son lo mismo
Para nosotros como HuellaSmart, uno de los aprendizajes más interesantes de este trabajo está precisamente en la diferencia metodológica.
Cuando se calcula la huella de carbono de una empresa, gran parte del trabajo consiste en reunir información sobre actividades: electricidad utilizada, combustibles consumidos, transporte, materiales o viajes, entre otras fuentes. Esos datos posteriormente se relacionan con factores de emisión para construir un inventario de gases de efecto invernadero.
En un humedal, la pregunta cambia.
“En un ecosistema medimos stocks y capturas. Hay que ir a terreno, sacar muestras de suelo y vegetación y analizarlas. Uno es contabilidad; el otro es ciencia de campo”, explica Fernando.
El suelo adquiere aquí un protagonismo especial. En los ecosistemas costeros con vegetación puede representar la mayor parte del carbono almacenado. El manual de Carbono Azul identifica precisamente al carbono del suelo como uno de los principales reservorios y establece que su evaluación requiere trabajo de terreno y análisis específico.
No basta entonces con saber cuánto mide el humedal. Para estimar su almacenamiento de carbono es necesario conocer variables como la profundidad del suelo, su densidad aparente y el porcentaje de carbono orgánico presente en las muestras. También pueden analizarse parámetros como carbonatos, nitrógeno y pH para comprender mejor las características del suelo.
La metodología técnica establece justamente esos tres parámetros: profundidad, densidad aparente y contenido de carbono orgánico; como elementos fundamentales para cuantificar el carbono almacenado en el suelo.
Eso obliga a conectar varias etapas: diseño del muestreo, trabajo en terreno, georreferenciación, laboratorio, procesamiento de resultados y finalmente cálculo.
De una muestra en terreno a un dato trazable
Aquí aparece una segunda dimensión del desafío: la trazabilidad.
Una muestra de suelo por sí sola dice poco si después no es posible saber exactamente dónde se obtuvo, a qué profundidad, qué análisis recibió y cómo ese resultado terminó formando parte del cálculo final.
Ese problema es muy similar al que ocurre en la gestión ambiental de una organización.
La información adquiere valor cuando puede seguirse desde su origen hasta el resultado.
En un estudio de carbono azul, eso implica conectar cada punto de muestreo con sus coordenadas, características del terreno, muestras obtenidas, resultados de laboratorio y cálculos posteriores.
Para nuestro CEO, ahí existe un espacio especialmente interesante para la tecnología, que “permite pasar de una foto puntual a un seguimiento: imágenes satelitales y drones para mapear la cobertura y sus cambios, bases de datos que conecten cada muestra con su ubicación y su resultado de laboratorio, y plataformas que hagan el cálculo trazable y comparable año a año.”
La teledetección ya forma parte de las herramientas utilizadas internacionalmente para estudiar ecosistemas de carbono azul. Las imágenes satelitales y otros sensores permiten mapear coberturas y observar cambios en el uso de la tierra, aunque las mediciones de terreno siguen siendo necesarias para cuantificar con precisión las existencias y variaciones de carbono.
La innovación, por lo tanto, no consiste en reemplazar el trabajo científico de campo, sino que en conectar mejor cada una de sus etapas.
Medir cuánto hay es solo el comienzo
Conocer cuánto carbono almacena un humedal permite construir una línea base.
Saber cuánto carbono tiene hoy, dónde se encuentra y cuál es el nivel de incertidumbre de esa estimación permite comenzar a tomar decisiones sobre conservación, restauración y monitoreo.
Pero aparece inmediatamente una pregunta más difícil: ¿Está aumentando o disminuyendo ese carbono?Y para responderla no basta con una única campaña de terreno.
“Una de las preguntas que queda abierta es cuánto carbono captura el humedal cada año, no solo cuánto tiene acumulado”, explica Medina. “Eso exige medir tasas de sedimentación y repetir el muestreo en el tiempo”.
Una medición inicial permite conocer la existencia de carbono. Para determinar cambios o flujos es necesario comparar mediciones realizadas en distintos momentos o utilizar metodologías específicas de monitoreo. Los enfoques técnicos de mayor detalle requieren datos específicos del ecosistema y mediciones reiteradas para estimar cómo cambia el carbono a través del tiempo.
Este es uno de los desafíos que todavía enfrenta la investigación sobre carbono azul, porque hay brechas importantes en Sudamérica respecto de las tasas de secuestro y almacenamiento, además de la necesidad de contar con más información sobre ecosistemas degradados, restaurados y sometidos a cambios.
Del inventario a la gestión
Para HuellaSmart, trabajar en Monkul también amplía la forma de entender la gestión del carbono.
Hasta ahora, gran parte de esa experiencia ha estado vinculada a medir emisiones de organizaciones, productos y actividades. El carbono azul incorpora otra dimensión: medir capturas y existencias de carbono dentro de sistemas naturales.
“Sumamos método de terreno, trabajo con laboratorio y trazabilidad de cada dato”, señala Fernando Medina. Esa combinación abre nuevas posibilidades para integrar información territorial, monitoreo ambiental y tecnología, especialmente en proyectos asociados a soluciones basadas en la naturaleza.
Y vuelve a poner sobre la mesa una idea que atraviesa buena parte de la gestión climática: medir no es el objetivo final. Medir permite construir una línea base y detectar cambios. Además de transformar esos datos en información comparable permite decidir dónde conservar, dónde restaurar, dónde existen mayores riesgos y si las medidas adoptadas están funcionando.
En Monkul, buena parte de esa información se encuentra bajo el suelo.
El desafío ahora es hacerla visible, trazable y útil para las decisiones que permitan conservarla.

