Por Fernando Medina Muñóz, Ingeniero Comercial UC, CEO y Fundador de HuellaSmart.
La crisis energética de 2026 nos recordó que la sostenibilidad no es un lujo para tiempos tranquilos. Quizás sea justamente lo que nos prepara para los que no lo son.
Hace casi dos décadas, John Ehrenfeld, investigador del MIT, planteó una idea incómoda: casi todo lo que llamamos sostenibilidad es, en realidad, reducir la insostenibilidad. Ser más eficientes, compensar, reportar mejor. Todo eso es necesario, pero hacer menos daño no es lo mismo que hacer el bien. Su propuesta fue otra: entender la sostenibilidad como la posibilidad de que las personas y el resto de la vida florezcan en el planeta, para siempre.
Pocas veces esa idea me ha hecho tanto sentido como este año.
Un año de “hasta que las cosas se calmen”
En marzo, con la guerra en Irán recién comenzando, Chile vivió la segunda mayor alza de combustibles de su historia. A fines de agosto, la economía ya estaba en recesión técnica.
Para quienes trabajamos en sostenibilidad, eso se tradujo en presupuestos recortados, planes de descarbonización sin fecha y decisiones postergadas con la misma frase: “hasta que las cosas se calmen”. Lo entiendo; también dirijo una empresa y miro la caja con incertidumbre. Pero esa frase supone que la calma va a volver, y este año puso ese supuesto en duda.
Lo que la guerra dejó al descubierto
Mientras escribo, el diésel se prepara para su cuarta alza consecutiva. En enero el litro costaba cerca de $995 y hoy está en torno a $1.436, un 44,5% más. Lo más preocupante, sin embargo, no es el precio sino la disponibilidad: el cuello de botella ya no está solo en el crudo, sino en la capacidad de refinarlo. Chile importa el 56% de su diésel como producto terminado desde Estados Unidos, que evalúa restringir sus exportaciones.
Tenemos uno de los mejores recursos solares del planeta y, aun así, una economía que se mueve con diésel importado. La guerra no creó esa fragilidad. Solo la hizo visible.
El mundo lo está entendiendo a su manera. En el primer semestre, 33 gobiernos adoptaron medidas para dejar los combustibles fósiles o usar mejor la energía. Lo hicieron menos por el clima que por seguridad energética.
Medir para decidir, no para reportar
Llevo más de diez años midiendo emisiones y creo profundamente en medir. Pero este año confirmé que la tonelada de CO₂ es un espejo, no un destino.
Algunas organizaciones miden para cumplir: levantan su inventario, publican el reporte y archivan la planilla. Otras usan esa misma información como herramienta de gestión. Revisan proceso por proceso cuánto dependen del petróleo, dónde pueden ser más eficientes y qué pueden electrificar. Para las primeras, el alza del diésel fue una mala noticia más. Para las segundas, cada proceso que ya no dependía del petróleo fue un costo que la guerra no pudo encarecer.
Ahí la sostenibilidad deja de ser un gasto que se posterga y pasa a ser una ventaja estratégica. Y ahí, creo, empezamos a acercarnos a lo que Ehrenfeld llamaba florecer: dejar de preguntarnos solo cuánto daño evitamos y empezar a preguntarnos qué condiciones estamos creando.
Una puerta abierta
No soy optimista porque crea que todo va a salir bien. Lo soy porque las crisis abren puertas que en tiempos normales están cerradas. El shock petrolero de 1973 fue un golpe durísimo, y también el momento en que el mundo empezó a tomarse en serio la eficiencia energética.
Hoy esa puerta está abierta otra vez. Este blog nace para conversar sobre cómo cruzarla. Y parto con una invitación: revisar cuáles son los “hasta que las cosas se calmen” de tu organización. Puede que la calma no vuelva, y que en lugar de esperarla sea momento de decidir.